Lo que faltaba. A nuestra precaria libertad en este mundo, en esta breve experiencia de vida. Cuando han decidido por nosotros desde que nacemos, sobre lo que debemos comer, sentir y saber. Cuando en esta vida cuadriculada nos han determinado en unos insoportables límites de lo que se permite y de lo tolerable.
Cuando se explota al ser humano haciéndolo trabajar más de 8 horas al día y 8 horas de descanso, dejando un margen de 8 horas al día para vivir. Eso en el caso de aquellos afortunados que pertenecen a la clase trabajadora en el “nuevo” orden social de los que trabajan y los que no, ya no ricos y pobres. Cuando, incluso, siguiendo de forma escrupulosa las reglas y leyes impuestas y con obediencia enfermiza (Miedo a la Libertad. Erich Fromm) y perdiendo nuestra identidad por el camino, observamos que quien no cumple con dichos preceptos son el sistema y quien lo detenta.
Sin embargo, lo que debería hacer saltar las alarmas sobre nuestras libertades acotadas, ha pasado desapercibido y a nuestro juicio inaceptable.
Cruzar una calle por cualquier lugar que no sea el paso de cebra, multa de 100 €.
Quien suscribe, que en plenas facultades volitivas ha caminado decidiendo a cada paso por dónde ha de ir y en lo posible a campo traviesa, casi por el simbolismo que encierra dicho acto, para recordar en cada instante que es cuasi dueño de su vida, ve inaceptable dicho bando.
Las ciudades se han hecho para los hombres, mujeres y niños que la cohabitan y éstos no pueden ni deben supeditarse a los coches y máquinas por un mezquino e injusto estipendio.
El futuro de las ciudades pequeñas es peatonal y lo será aquí y en la “quebrá del txakolí”.
